15 Cuentos inventados de Ciencia Ficción (infantiles cortos)

Los cuentos son bonitos relatos que nos pueden dejar una buena cantidad de enseñanzas, aprendizajes y nos permiten pasar lindos momentos. A continuación presentamos 15 bellos cuentos de ciencia ficción infantiles.

Los mejores Cuentos inventados de Ciencia Ficción

Cosita linda de Anthony Browne

Había una vez un gorila muy especial a quien le enseñaron el lenguaje de señas. Cuando quería algo, se lo pedía a sus cuidadores, haciendo señas con sus manos. Parecía tenerlo todo, pero estaba triste.

Un día le dijo a sus cuidadores: “yo quiero amigo”. En el zoológico no había más gorilas y los cuidadores no sabían qué hacer. Entonces uno de ellos tuvo una idea: le encontraron una pequeña amiga, una gatita llamada Linda. “No te la comas”, le advirtió uno de los cuidadores.

El gorila se sintió encantado con Linda. Le daba leche y miel. Eran felices y hacían todo juntos. Así estuvieron alegres por mucho tiempo. Sin embargo, una noche en la que estaban viendo una película, el gorila cada vez más enojado terminó por enfurecerse. Los cuidadores entraron corriendo y preguntaron quién había roto el televisor. Además, dijeron que se iban a llevar a Linda.

El gorila miró a Linda y ella le devolvió la mirada. Entonces ella comenzó a hablar con señas. “Fui yo; yo lo rompí”, anunció el pequeño felino. Todos rieron ¿Y sabes qué pasó? Linda y el gorila vivieron por siempre felices.

Ramón Preocupón de Anthony Browne

Ramón era un preocupón, porque le preocupaban muchas cosas. Se preocupaba por los sombreros y también lo hacía por los zapatos. Ramón se preocupaba por las nubes, por la lluvia y por los pájaros enormes. Su papá trataba de ayudarlo: “No te preocupes, hijo: esas cosas solo suceden en tu imaginación”, le decía. Su mamá también lo tranquilizaba: “No te angusties, mi amor: no permitiremos que nada te suceda”.

Pero aún así Ramón seguía preocupado. Lo peor era dormir fuera de casa: una noche tuvo que quedarse en lo de su abuela, pero no podía conciliar el sueño. Estaba demasiado preocupado. Aunque se sentía un poco tonto, quería contárselo a su abuela. “No te preocupes, cariño. Cuando yo tenía tu edad también me preocupaba por todo; tengo justo lo que necesitas”, anunció ella.

La abuela fue por algo en su habitación. “Estos muñecos se llaman quitapesares”, le explicó. “Solo tienes que contarles tus preocupaciones y guardarlos debajo de la almohada. Mientras tú duermes, ellos se preocupan por ti”. Ramón siguió las indicaciones de su abuela y durmió como un lirón.

A la mañana siguiente Ramón regresó a su casa. Por la noche volvió a contar sus pesares a los muñecos y durmió como un tronco. A la noche siguiente descansó muy bien y a la otra también. Pero a la cuarta noche Ramón volvió a preocuparse. No podía dejar de pensar en los muñecos: los había cargado de preocupaciones y era injusto.

Entonces durante la mañana el pequeño tuvo una idea. Se pasó todo el día trabajando en la mesa de la cocina. Era algo difícil y tuvo que lograrlo varias veces hasta que al fin lo logró. ¡Muchos muñecos quitapesares para sus muñecos quitapesares! Esa noche durmieron todos bien: Ramón y cada uno de sus muñecos. Desde esa noche el niño y sus muñecos se preocupan.

El árbol mágico

Hace mucho tiempo un niño paseaba sobre un prado y encontró un árbol en su centro. Tenía un cartel y decía: “soy un árbol encantado, si dices las palabras mágicas lo verás”. El niño, curioso, probó con un abracadabra, un tan-ta-ta-chán y muchas otras. No había resultado alguno.

Rendido y suplicante, el pequeño dijo:”por favor, arbolito”. Y entonces se abrió una gran puerta del árbol. Todo estaba oscuro, menos en un cartel que decía: “sigue haciendo magia”. Entonces el niño agradeció al árbol y en su interior se encendió una luz que alumbraba un sendero hacia una gran montaña de juguetes y chocolate.

El niño pudo llevar a todos sus amigos a aquel árbol y tener la mejor fiesta del mundo. Además aprendió una gran lección: “por favor” y “gracias” son las palabras mágicas.

El primer día de clases

El primer día de clases, colorado colorín, ¿qué guardan en la mochila quienes se van al jardín? Despiertos desde temprano los monos, de madrugada guardan cocos, diez maníes y cachitos de banana. Los que siempre tienen sueño, remolones de manada, en la mochila acomodan tres bostezos y una almohada.

Cachorros altos, bajitos; cachorras grandes, medianas. En la mochila se llevan trocitos de la mañana. Los perros con disimulo, solo ponen gran empeño, por asistir a la escuela con la mochila del dueño ¿Y el dueño de esa mochila? Les hace espacio, yo creo, entre huesos y alfajores que lleva para el recreo. Las abejas guardan flores, zanahorias los conejos, las pequeñas blancanieves, por las dudas, los espejos.

Los osos de pelo blanco, los hormigueros, los pandas, en la mochila acomodan peluchitos con bufanda. Se hice que en Humahuaca hay una mosca ingeniosa, que al jardín viaja en la oreja de una vaquita estudiosa. Bajo su caparazón da pasos la tortuga, en su mochila hay un block con cien hojas de lechuga. Algunos gatos ansiosos guardan trapos y madejas que acomodan por las noches rondando techos de tejas.

El primer día de clases, colorín colorado, ¿qué guardan en la mochila los que van al jardín? Cada cual es cada uno, cada uno con su afán, pero con o sin mochila a la escuela todos van.

El cohete de papel

Había una vez un niño cuya mayor ilusión era tener un cohete y dispararlo hacia la luna. Pero tenía tan poco dinero, que no podía comprarlo. Un día, junto a la acera descubrió la caja de uno de sus cohetes favoritos, pero al abrirla vio que era solo un diseño averiado, resultado de un error de fábrica.

El niño se apenó mucho, pero pensando que tenía un cohete, comenzó a preparar un escenario para lanzarlo. Durante muchos días recogió papeles de todas las formas y colores, además de dedicarse a dibujar, recortar, pegar y colorear todas las estrellas y planetas para crear un espacio de papel. Fue un trabajo muy arduo, pero el resultado final fue tan magnífico que la pared de su habitación parecía una ventana abierta al espacio sideral.

Desde ese día el niño disfrutaba de su cohete de papel, hasta que un día un compañero vio su habitación maravillosa y le propuso cambiárselo por uno auténtico que tenía en su casa. Aquello lo volvió loco de alegría y aceptó el cambio.

Sin embargo, cada día, el pequeño al jugar con su cohete nuevo echaba de menos el de papel, con su escenario y planetas, porque realmente disfrutaba mucho más así. Entonces se dio cuenta que era alegre con esos juguetes que habían sido producto de su esfuerzo e ilusión.

Así el muchacho siempre creó sus juguetes y de grande se convirtió en el mejor juguetero del mundo.

El niño y el lobo

Había una vez un pequeño pastor que se aburría mirando a su rebaño de ovejas en la colina. Para divertirse, sin embargo, gritó: “lobo, lobo: las ovejas están siendo perseguidas por los lobos”. Los aldeanos vinieron corriendo para salvar al niño y a las ovejas. No encontraron nada y el muchacho se río, viendo los rostros furiosos de los adultos.

Después de un tiempo se aburrió nuevamente y grito “lobo, lobo”, engañando a sus aldeanos por segunda vez. Estos enojados advirtieron al niño y se fueron. El muchacho, de todos modos, siguió mirando el rebaño y de repente apareció un verdadero lobo. Se asustó y gritó con todas sus fuerzas.

Pero en esta ocasión nadie se apersonó para ayudar. A la noche, cuando no regresó a su hogar, los aldeanos se preguntaron qué había pasado y subieron a la colina. El niño estaba solo y llorando: “¿por qué no vinieron cuando les dije que había un lobo? Ahora el rebaño está perdido”.

Un hombre mayor se acercó y le dijo al pequeño pastor: “La gente no cree a los mentirosos incluso cuando dicen la verdad. Buscaremos tus ovejas mañana temprano; ahora vamos a descansar”.

El toque del rey Midas

En el antiguo mundo griego había un rey llamado Midas. Tenía mucho oro y una hermosa hija que amaba demasiado. Un día un sátiro llamado Sileno se emborrachó y se desmayó en el jardín de las rosas de Midas. Creyendo que los sátiros traen siempre buena suerte, el rey lo dejó recuperarse en el palacio hasta que estuviera sobrio, contrario a lo que deseaban su esposa e hija.

Dioniso, era el dios del vino y la celebración, muy amigo del pícaro Sileno. Al enterarse aquel que había sido tan bien tratado su par, decidió recompensar a Midas. Le pidió que desee algo y el hombre contestó: “Ojalá que todo lo que toque se convierta en oro”. La divinidad sabía que no era buena idea, pero de todas formas lo cumplió.

Feliz con su nuevo deseo, Midas estuvo todo el día tocando las cosas, comprobando, maravillado, que se convertían de manera instantánea en oro. Tocó una manzana y era oro; los súbditos estaban muy felices. Ante tanta alegría el rey intentó abrazar a su hija, ¡pero la convirtió en una estatua áurea sin vida! Horrorizado, Midas volvió al jardín y llamó a Dioniso muy apenado. Le rogó a la deidad que le quitara el poder y salvara a su hija. El ser poderoso lo escuchó, porque se dio cuenta que Midas había aprendido la lección. El rey vivió el resto de su vida solo con lo que tenía.

El huevo de oro

Había una vez un ganso que ponía huevos de oro todos los días. El animal, de esta manera, proporcionó suficiente dinero para el agricultor y su esposa. Podían cubrir sus necesidades diarias. Eran felices, sin embargo, un día se les ocurrió una idea: “¿Por qué debemos tomar solo un huevo por día? ¿Por qué no podemos tomar todos de una buena vez?”.

La esposa, sin mucha reflexión, estuvo de acuerdo y decidieron cortar el estómago de la gallina que ponía huevos de oro. Tan pronto como abrieron al animal, se dieron cuenta que era tan parecido a los otros: solo hallaron tripas y sangre. El granjero, al tomar conciencia de su tonto error, lloró desconsoladamente ¡Había perdido todo por ser tan ambicioso!

Los últimos dinosaurios

En el cráter de un antiguo volcán, ubicado en un monte de una región perdida en las selvas tropicales, habitaba un grupo de enormes y feroces dinosaurios. Durante miles y miles de años habían sobrevivido a los cambios de la tierra y ahora, liderado por Ferocitaurus, planeaban salir de su escondite para volver a dominar todo.

El líder era un tiranosaurio rex, quien decidió que había pasado demasiado tiempo de su aislamiento, por lo que reunió a sus camaradas para romper las paredes del cráter. Cuando lo consiguieron, cada criatura preparó sus temibles garras y dientes, así atemorizaban a cualquier ser del mundo.

Al abandonar su hogar, todo resultaba nuevo ¡El planeta había cambiado mucho! Finalmente, desde lo alto de una montaña divisaron un pequeño pueblo, que no era más que un puñado de casas que parecían puntitos en la inmensidad del paisaje. Sin ver a ningún humano, se lanzaron feroces, sin importar lo que encontraran.

Sin embargo, conforme se acercaron al pueblo, este se hacía más y más grande, hasta tal punto que era muchísimo más grande que los mismos dinosaurios. Un niño, que justo pasaba por allí, dijo: “Papá. he encontrado unos dinosaurios en miniatura, ¿puedo quedármelos?”.

Así las cosas, el temible Ferocitaurus y sus amigos terminaron siendo las mascotas de los niños del pueblo. Comprobaron que millones de años de evolución los había convertido en enanos y que, en verdad, nada dura para siempre. Había que adaptarse, por lo que todos demostraron ser unas excelentes mascotas.

El avaro y su oro

Un hombre muy avaro vivía en su casa con jardín. Él mismo guardó su oro en un hoyo debajo de sus piedras en el jardín. Todos los días, antes de acostarse, el hombre se acercaba a las piedras donde escondía el oro y contaba las monedas. Continuó con esta rutina, pero ni una sola vez gastó el oro que escondió.

Un día un ladrón que conocía lo que hacía el hombre avaro esperó a que regresara a su casa. Después de que oscureció, el malhechor fue al escondite y tomó el preciado tesoro. Al día siguiente, el hombre descubrió que el oro no estaba y comenzó a llorar desconsoladamente.

Su vecino escuchó los gritos del avaro y le preguntó que había ocurrido. Al enterarse de lo sucedido, el curioso preguntó: “¿por qué no guardaste el dinero dentro de tu casa? ¡Hubiera sido más fácil acceder al dinero cuando tenías que comprar algo!”.

“¿Comprar?”, contesto el hombre avaro. “Nunca usé el oro para comprar nada; no lo iba a gastar”. Al escuchar eso, el vecino arrojó una piedra al pozo y afirmó: “Si ese es el caso, guarde la piedra: es tan inútil como el oro que ha perdido”.

Amigos para siempre

Un ratón y una rana eran amigos. Todas las mañanas, la rana saltaba de un estanque e iba a visitar a un amigo que vivía en un agujero al costado de un árbol. Regresaba a la casa al mediodía.

El ratón se deleitaba con la compañía de su amigo, sin darse cuenta que lentamente se estaba convirtiendo en su enemigo. Es que la rana se sentía despreciada porque a pesar de visitar todos los días el ratón, este no hacía lo mismo. Un día, sintiéndose muy humillada, en el momento de despedirse del roedor, ató su piernas a un extremo de la cuerda y el otro extremo en la cola del ratón, para lanzarse con su compañero.

La rana se sumergió profundamente en el estanque. El ratón intentó librarse pero no pudo y pronto se ahogó. Su cuerpo hinchado flotó hasta la cima. Un halcón vio al ratón florando en la superficie, bajó en picado, tomó al roedor, pero también se llevó a la rana hasta un árbol próximo, ya que estaban enlazadas. La rana intentó liberarse, hasta que el ave puso fin a sus días.

La raíz del asunto

Llegó un puercoespín y le pidió comida a un perro. Este no tenía, pero le mostró un campo de caña de azúcar que pertenecía a un juez. “Come todo lo que quieras, pero deja las raíces intactas para que vuelvan a crecer”, anunció el canino.

El puercoespín encontró la caña dulce y jugosa. Comenzó a visitar el campo todos los días. Al principio, solo comía los tallos, según las órdenes del perro; pero después de unos días también comía las raíces. Un día, el juez vio la destrucción de su campo y se enojó mucho.

Llamó al perro el juez y lo culpó de la destrucción de la cosecha. El animal afirmó que la culpa era del puercoespín, pero este afirmó que era inocente y que mejor era todo resolverlo en la corte. El juez estuvo de acuerdo.

El puercoespín esperó hasta que llegó el invierno. Entonces, una fría mañana fue a la casa del perro y le dijo que el juez los había citado. Cuando entraron en la sala, el perro comenzó a temblar de frío.

“Mire cómo tiembla señoría ¿No es un signo de su culpa?”, señaló el puercoespín.

“¿Qué tienes que decir al respecto?”, preguntó el juez mirando seriamente al perro.

Sin embargo, los dientes del animal castañeaban de frío y no podía hablar. Pensando que su silencio admitía su culpa, el juez lo declaró culpable y lo echó de su casa.

La tortuga y el pájaro

Una tortuga descansaba debajo de un árbol en el que un pájaro había construido su nido. La tortuga le habló al ave burlescamente. “¡Qué casa tan miserable que tienes! Está hecha de ramitas rotas, no tiene techo y parece tosca. Lo peor es que tuviste que construirlo tú mismo. Mi casa es mi caparazón y es mucho mejor que tu nido”.

“Sí, está hecha de palos rotos la casa, está en mal estado y es víctima de la fuerzas de la naturaleza. Pero la construí yo y me gusta”, contestó el pájaro.

“Supongo que es como cualquier otro nido, pero no mejor que el mío”, replicó la tortuga, que pensaba que el ave estaba celoso de su caparazón.

“Al contrario”, habló el pájaro. “Mi casa tiene espacio para mi familia y amigos; su caparazón no puede acomodar a nadie más que a usted. Quizás tengas una casa cercana, pero la mía es mejor”.

La hospitalidad de una paloma

Había una vez dos palomas. Eran marido y mujer. Pasaban el día buscando comida y a la noche se dirigían a su árbol favorito para descansar. Una noche, ella regresó temprano y esperaba a su marido. Como de repente comenzó a llover, la preocupación se apoderó del ave. “¿Dónde estás, querido? Nunca llegas tan tarde”, se susurró a ella misma.

En ese momento vio a un cazador que pasaba cerca de ella, con una jaula y en su interior a su marido. “Oh, por favor, ¿qué debo hacer? Me gustaría ayudar a mi esposo”. Entonces intentó desesperadamente distraer al hombre batiendo sus alas, pero fue en vano. Sin embargo, como comenzó a llover, el cazador se sentó bajo el árbol donde vivían las palomas.

La pobre esposa se sentó al lado de la jaula de su marido y comenzó a llorar, muy triste. “No te sientas triste, querida. Ahora tenemos un invitado. Este hombre está temblando y sufriendo; necesita tu ayuda”, dijo el marido. Al oír esto, la paloma voló para conseguir ramitas secas. Encendió un fuego para el cazador y lo miró fijamente. “Tú eres nuestro invitado, ya que no tengo comida para ofrecerte, saltaré a este fuego. En pocos minutos seré comestible para ti y podrás comerme”.

A esa altura el cazador estaba emocionado por la hospitalidad de esa pareja de palomas. De inmediato detuvo a la esposa que se arrojaba al fuego, abrió la jaula y liberó también al esposo. “He sido cruel y egoísta. Nunca volveré a atrapar ningún pájaro en mi red”, dijo el cazador y se fue. Los pájaros vivieron por siempre felices.

Aconsejar a un tonto

En un árbol de mango dentro de una jungla vivían muchos pájaros. Eran felices en sus pequeños nidos. Antes de la temporada de lluvia todos los animales de la selva repararon sus hogares. Las aves también los hicieron más seguros.

Muchos pájaros traían ramitas y hojas; otros tejían sus nidos. “También deberíamos almacenar algo de alimento para nuestros hijos”, gorjeó uno de los pájaros. Y recogieron comida, hasta que tuvieron suficiente para la temporada de lluvias. Se mantuvieron ocupados para los tiempos difíciles que se aproximaban. Llegaron las lluvias, con truenos y relámpagos; todos los animales se quedaron en sus casas.

El clima poco agradable continuó unos buenos días. En uno de ellos llegó un mono al bosque, tiritando por el frío y todo mojado. El primate hizo todo lo posible para refugiarse, pero el viento volaba las hojas. “Oh, hace tanto frío”, se lamentaba,

Los pájaros veían el espectáculo y sentían tristeza por el mono; pero poco podían hacer. Uno de ellos finalmente habló: “Amigo, nuestros nidos son pequeños para poder darte abrigo”. Otra ave agregó: “Todos nos preparamos para la temporada de lluvia. Si tú lo hubieras hecho, no estarías así”.

“¿Cómo te atreves a decirme eso?”, gruñó el mono que lanzó al ave de su nido, con sus polluelos indefensos. El pájaro, lamentándose, pensó que los tontos nunca valoran los consejos.

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